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El aborrecido anonimato en la era de la conectividad

En épocas pasadas la gente añoraba la fama de las celebridades, su glamour, su talento para la actuación, su coraje para algún deporte, sus habilidades como orador hasta sus arcas monetarias. Pero el asunto de la fama era algo que la mayoría vislumbraba como una especie de ilusión, un deseo que se daba por sentado como lejano.

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Pero con la llegada de la web y muy especialmente las redes sociales, la fama dejó de ser distante, estando a un solo clic. Y si bien ha sido una forma de mantener contacto frecuente con amigos y conocidos sin mucho esfuerzo, el problema es lo poco que se está dejando a la privacidad. Definitivamente el anonimato no es por estos tiempos de la conectividad una opción y la sola palabra produce miedo, escozor.

Se comparte en redes sociales la vida entera – hasta con desconocidos; desde lo que se come al desayuno, hasta el corte de pelo o la ida a la ducha, llegando a niveles bajos como aquellos que reportan los medios capaces de fotografiar y filmar un accidente, su propia muerte o atentados, como lo vimos en la toma de rehenes en Sidney en 2014 por un radical musulmán en una cafetería. El trágico suceso se extendió hasta la madrugada e hizo que algunos locales se acercaran al lugar, mientras se veían tomando selfies con sus smartphones. El asunto se ha agravado tanto que vemos que los periodistas se hacen más importantes que las mismas noticias. Pasan por encima de la información, para poner el yo o su imagen como la primera que importa. La necesidad de la popularidad ha hecho que se pierda conciencia del drama de otros, la esencia de las cosas y que solo prime el yo.

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La fama era algo obtenido tras un gran esfuerzo, excelente profesionalidad o deslumbrante talento, por el contrario ahora la popularidad se alcanza con los hechos más superficiales. Has algo grande, pero muy, muy tonto y estarás hasta en los medios tradicionales.

Esta es una era de emotividad, donde los humanos crean sus propios espacios para expresar sus emociones sin reservarse lo más mínimo. Se ha acabado el valor del misterio que crea esa curiosidad por saber del otro y ese derecho personal de guardarse para sí muchas cosas y eventos de la vida. Compartir información y sentimientos no significa dejarlo todo al aire público.

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Ocurre con el anonimato lo mismo que el necesario estado de silencio, que cada vez incomoda más. Los adagios chinos anotan sobre la importancia del anonimato para lograr el éxito. Los más ascendidos se mantenían al margen del bullicio de la corte. En una publicación del diario La Nación hace un par de años sobre la preferencia de los ricos chinos por el anonimato, señalaban dos de sus proverbios preferidos sobre la fama. Uno que dice que “los árboles más grandes son los más fáciles de derribar”, en una clara alusión al deseo de popularidad y el otro que dice que “las personas deberían huir de la fama como los cerdos de la grasa”.

El aborrecido anonimato en realidad debería ser ahora el añorado anonimato. Nos están educando tanto a mantener todos los aspectos de la vida en público que esto cada vez más parece una utopía.